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1SABOREANDO LA COMENSALIDAD
"Para mis contemporáneos de más de setenta..."
-Por Beatriz Carriego-

Los antropólogos han estudiado la comensalidad a lo largo de la evolución humana. Nos dicen muchas cosas sobre su contenido simbólico.

Trasciende lo que hay en la mesa, lo sabemos muy bien. Afirman que el espacio que le damos a la comida alrededor de una mesa, es un espacio ritual. Dicen que crece la alimentación desestructurada y solitaria en un mundo paradojal, con grandes cocineros que te enseñan a hacer cosas ricas en tu casa, en la que la soledad es tu compañera. Nos hablan de la comensalidad doméstica, institucional, extradoméstica, cotidiana, y analizan las características de las culturas, de las comunidades, de los grupos.

Es muy interesante conocer las normas de elección de los comensales, las preferencias sobre los alimentos, los modales en la mesa, la interacción interna y sus jerarquías.

2También han investigado sobre la multiplicidad de intercambios que se producen alrededor de una mesa, muchos positivos, como la solidaridad, los afectos, y otros que pueden ser negativos, de los cuales no tengo interés en remarcar ninguno.

Por supuesto, de comensalidad hablan, desde otras miradas, los nutricionistas, los educadores, los psicólogos, y toda ciencia que contempla al hombre.

En realidad, lo que yo quiero hacer, es saborear la palabra comensalidad que expresa, sencillamente, el comer juntos compartiendo la mesa y el alimento que hay en ella.

Y acá estoy. Y empiezo por mi experiencia de comensalidad, por supuesto. De niña, con papá y mamá en cada extremo, y cuatro hermanas simétricamente distribuidas alrededor de la mesa, que no hablaban sin permiso, pero con elegidos códigos de comunicación de las miradas cómplices, risas contenidas y puntapiés por debajo de la mesa. Padre y madre haciéndose los desentendidos, como si no pasara nada.

3Teníamos tres mesas: la de la cocina, íntima, diaria, abrigada. Tenía eso de “estar cerca”- Entre el cantar de la cebolla que se fríe en la sartén, el aroma del guisito, o según la hora del día, la torta en el horno o el café recién hecho, todo invita a la confidencia, a compartir el día que se viene o el día que se va.

La mesa del patio, grande, alegre, informal. Con música y canto que .de ninguna manera nos distraen de los sabores. Amistad, familia ampliada, abrazo y fiesta.

La mesa del comedor, ceremoniosa, elegante...

Cada mesa, un suceso estructurado con comportamientos implícitos y nuevos sentidos. Espacios diversos, en donde la interacción, en el camino de la cocina al comedor se ponía más ceremoniosa.

4Niñez, adolescencia, juventud, familias propias, trabajos, ausencias y nuevas presencias, fueron cambiando ritos y sentidos. Las mesas varían y viajan de casa en casa. Las tradiciones se adaptaron, o se abandonaron. Nuevas significaciones, nuevos sentidos.  A veces, no hay mesas, pero sí ámbitos y oportunidades. Los vínculos que la comensalidad construye siguen dependiendo de las personas, que comparten alimento, compañía, conversación, emociones, pensamientos, penas, alegrías y experiencias, unidas  alrededor de una mesa, o en un espacio, aunque sea de pie. Esto es lo que nos hace lo que somos.

Pienso en la Cena del Señor. Su invitación a COMPARTIR, SU PERSONA Y SU VIDA, en la forma del pan cotidiano y junto, estuvo precedida por el GESTO. EVIDENTE, DEFINITIVO, IRRENUNCIABLE, DEL SERVICIO DEL MÁS GRANDE AL MÁS PEQUEÑO.

5A mí me gustaría que la Cena del Señor se parezca más a “mis mesas” de la cocina y el patio, y que la invitación a la comensalidad que nos hace Jesús no la sintiéramos como obligatorio aceptarla. Sería bueno sentir la gratitud por ese encuentro, expresada en cantos y alabanzas, pero también por esa alegría del corazón que se refleja en los ojos que miran con amor y obra luego en el servicio real al que está afuera y al que está adentro.

Me gustaría que además de compartir el pan de la Palabra de Dios, pudiéramos compartir cada vez más el pancito de la palabra de los pequeños, de aquellos que no pertenecen a los poseedores del conocimiento o las jerarquías, como los niños, los jóvenes, las mujeres, los ancianos, los excluídos.

Me gusta lo que dice Leonardo Boff “reservar tiempo para la mesa” como “experiencia existencial y rito” “para “rehacer lo humano”. Bellísimo.

Me gustaría invitar a mis contemporáneos y contemporáneas de la primera mitad del siglo pasado, a recordar con gratitud pero sin nostalgia nuestras mesas perdidas, e ir en pos de comensalidades  a las que aportaremos nuestros nuevos sentidos y significaciones.

Y como dice el psiquiatra español Fidel Delgado, bueno es recordar que “¡gratitud y bendición (bien decir), mejoran la digestión!”.

 
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