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1IGLESIA Y VIDA ESPIRITUAL
-Por Fray Alejandro Ferreirós, OFMConv-

Desde el inicio de la creación, a través del mito fundante y preñado de simbolismo de la génesis del universo y del género humano, Dios, alteridad suprema y dialógica desde el misterio trinitario, crea al hombre a su imagen y semejanza, no como soledad cerrada e incomunicable frente al mundo, sino como alteridad que se realiza y se constituye trascendiéndose en el otro como posibilidad sacramental de trascenderse absolutamente en el “totalmente otro”.

1- La comunidad cristiana: regalo de Dios al hombre como alteridad salifica.

Esta constatación nos lleva a ver en el relato de la creación de Gen. 2,18-24, el símbolo de la primera comunidad cristiana.

Es cierto que en un primer nivel semántico-simbólico podemos encontrar en el mito andrógeno el origen de la pareja primordial, el origen de la humanidad en la fuerza simbólica de la mujer que reaparecerá en el Nuevo Testamento especialmente en el Evangelio de Juan, en los relatos de las bodas de Caná y la crucifixión, de lo que trataremos más adelante.

Superando el primer nivel, el de la primera pareja humana, la Mujer como alteridad-complemento va, en su valencia simbólica, mucho más allá.

La tradición ha visto, con razón, en esta mujer, el símbolo de la Iglesia y del Pueblo de Dios, cuya descendencia como Mesías- Pueblo mesiánico deberá aplastar la cabeza de la Serpiente maligna.

Cuando Dios se expresa creando a su imagen, no crea solamente una pareja humana que se realiza en la reciprocidad dialogante y amorosa sino que en este mismo acto sienta las bases de la primera comunidad humana.

2Dios no da al hombre, como posibilidad de trascender su soledad existencial solamente una mujer, complemento abierto a la descendencia, le da mucho más: la comunidad humana y religiosa como lugar de encuentro, como posibilidad de trascendencia dialógica, como rostro acogedor de receptividad amorosa que permite al hombre la expresión y el desarrollo de su interioridad.

La mujer-comunidad, como alteridad dialogante será entonces el símbolo del otro como posibilidad de encuentro: el amigo, el hermano, la esposa, el condiscípulo, el hijo y todo hombre en el que el rostro de Dios se desvela como epifanía que invita a extasiarse saliendo de la prisión de la propia subjetividad y al mismo tiempo construyéndola.

3"El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá…". No es difícil que vengan a lamente las llamadas de Jesús al seguimiento cuando pide dejarlo todo por el Reino incluyendo padre y madre. Pero lo más importante es que este dejar es un dejar que viene como consecuencia de un "ponerse en camino detrás de…" es salir de la inmovilidad estática para caminar hacia un encuentro, es dejar la estaticidad de la muerte y el pasado (padre y madre) para peregrinar hacia un encuentro en una experiencia de éxodo: el éxodo desde el sí mismo cerrado en el pasado hacia la tierra prometida del otro que abre al hombre a la experiencia de la fecundidad como fruto de un encuentro amoroso.

El hombre deja padre y madre y se vuelve proyecto en la alteridad que lo complementa, lo realiza, lo trasciende en la comunicación fecunda, le posibilita su crecimiento y le anuncia y prepara para el gran encuentro de la Pascua definitiva hacia el seno de Dios.

2- Las bodas de Caná: el banquete escatológico ya comenzado. El Esposo embriaga con el vino de la Nueva Alianza.

Sobre el trasfondo de la Alianza y la entrega de la Ley en el monte Sinaí por parte de Moisés, Juan teje el relato de la nueva creación (al 7° día) en el banquete escatológico de las bodas de caná (Jn. 2,1-12).

4Reaparece aquí el símbolo de la mujer (la Madre-Iglesia-Comunidad) rodeada ya de los hijos-discípulos-comensales que se colocan frente a la figura del verdadero Esposo. Y es en el banquete donde el Esposo se revela y donde entrega el vino nuevo y bueno de su Palabra y de su Nueva Ley.

En el banquete se cumple la profecía de Ezequiel de introducir la Alianza y la Ley en el corazón mismo del hombre. La capacidad de transformarlo desde dentro.

La sustitución del tiempo pasado por el nuevo, de la antigua ley por la nueva se representa en la transformación del agua de la purificación externa y ritual veterotestamentaria en el vino bueno y nuevo que inaugura el régimen de la Alianza nueva y definitiva.

El antiguo régimen no podía llegar al interior del hombre, lo purificaba solo exteriormente a través de lavados rituales.

5De hecho el agua sirve para lavar pero no para embriagar. Por el contrario, el nuevo régimen está marcado por el símbolo del vino que no sirve para lavar ni para purificar pero que bebiéndolo embriaga, altera la conciencia, transforma desde dentro al hombre y produce lo que no puede producir el agua. En este sentido es interesante la constatación del mayordomo del relato: "el vino bueno se sirve al principio" aquí queda para el final del antiguo régimen aunque nos encontramos verdaderamente al principio del nuevo. El vino que da Jesús comienza, como signo, la nueva etapa, realiza la Nueva Alianza e inaugura la presencia escatológica del Esposo en medio de su Nuevo Pueblo que nace de la embriaguez de la presencia del Esposo.

En la fiesta de bodas de Jesús con su pueblo (Mujer-discípulos-comensales) el vino nuevo se pasa al principio y es el que verdaderamente embriaga.

Este vino es también símbolo del Espíritu que realiza y cumple la interiorización de la Alianza esponsal. Es interesante el paralelismo con el relato de Pentecostés en el que la multitud dice que estaban borrachos. La embriaguez aparece como el primer signo de un estado diverso de conciencia, una verdadera metamorfosis interior que revela una transformación y el paso de un antes a un después como fruto del encuentro con una realidad nueva.

6En el relato de las bodas de Caná podemos contemplar, en el trasfondo del relato de la creación de la primera comunidad humana y cristiana, como posibilidad de alteridad constitutiva y trascendente, de la Alianza en el Sinaí, con la entrega de la ley por parte del mediador carismático (Moisés), la realización anticipatoria del banquete escatológico. Juan condensa en este símbolo-relato inaugural la realidad de la nueva creación, las bodas del Cordero con su Pueblo y la constitución del mismo a partir de la alteridad (Mujer-discípulos-comensales) y el don del Espíritu como nueva Ley que embriaga y transforma la conciencia permitiendo percibir la presencia del Esposo, lo que resulta imposible a quien no haya probado el vino bueno-nuevo de su Espíritu.

Del mismo modo que en el primer relato la Mujer-Pueblo-comunidad posibilita al hombre la trascendencia hacia un encuentro que lo realiza, el inicio de un peregrinar fecundo, en el relato de Caná, el descubrimiento del Esposo y la embriaguez de su Espíritu se realiza solamente participando del banquete como condición de posibilidad del encuentro-Alianza. Estaban la mujer-madre, los discípulos y los comensales.

3- El amor esponsal se consuma en el altar de la entrega y de la muerte. En el nuevo desierto nace un nuevo pueblo.

El tercer relato que corona el ciclo es la escena de la crucifixión (Jn 19, 25-34) en el que el mediador entrega su espíritu sobre la Mujer-madre y el discípulo a los pies de la cruz.

7El Amor como centro del mensaje de Jesús, la verdadera apropiación del mismo embriagándose del Espíritu escatológico que abre los ojos y permite ver al Esposo y experimentarlo, se debe verificar en el último gran signo. Jesús los amó hasta el fin, hasta el extremo, hasta dar la vida pues no hay amor más grande que el que da la vida por los amigos.

Del mismo modo que la revelación de la Nueva Ley, la entrega de la misma y de su espíritu no se da en ningún contexto cultual ni ritual (templo) sino en un éxodo antropológico y religioso, el templo es el pueblo de la Nueva Alianza, en el relato de la cruz encontramos un nuevo éxodo ritual y cultual.

El altar del sacrificio no es el del templo como reflejo de la institución religiosa del antiguo régimen sino el antialtar de la cruz. El signo del amor más grande se realiza en el lugar de la mayor ignominia.

Del mismo modo que Dios da su ley en el desierto, en el monte Sinaí, fuera de las estructuras de muerte de Egipto, haciendo nacer a su pueblo en la libertad del desierto, el Mesías se encarna fuera de las estructuras de muerte institucionalizadas, no en el palacio de Herodes, no en una familia sacerdotal ligada al templo sino en un establo pues "no había lugar para ellos en la posada"

8El nuevo pueblo nace también fuera de la prisión institucional de la Antigua Alianza. No en el templo ni en el palacio de Herodes sino asumiendo como altar la marginación como signo del amor más grande. No Sión sino el Gólgota, no el altar sino la cruz como instrumento de tortura y rodeado de los que no cuentan. En el Sinaí: Moisés- la Ley- un pueblo de esclavos; en Caná: Jesús-esposo-el vino nuevo- la Mujer- los discípulos- los comensales; en el Gólgota: Jesús- el Espíritu derramado en sangre y agua- la Mujer- el discípulo amado- las mujeres- los ladrones.

En el antisistema social y religioso, Jesús comienza una nueva realidad a partir del desierto del Gólgota.
También aquí la salvación entra por la aceptación de la alteridad y la acogida amorosa en el sufrimiento: Mujer, ahí tienes a tu hijo, hijo, ahí tienes a tu madre. Y al ladrón: "hoy estarás conmigo en el paraíso".

En los tres relatos podemos observar que la pertenencia a la comunidad como participación en un mismo espíritu hace posible la trascendencia en la alteridad salvífica en el otro como camino exodal de trascendencia en el totalmente Otro.

La comunidad en la que se ofrece la salvación es al mismo tiempo el lugar en la que se la acoge y el medio para alcanzarla. También del cuerpo místico se puede decir: "Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre sino por mí".

 
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