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1MUROS DE AFUERA Y DE ADENTRO
-Por Cecilia Barone*-

A lo largo de la historia, el hombre se ha refugiado tras murallas para defender su territorio o marcar una línea de separación con otros grupos humanos. Los muros fueron los límites físicos y mentales para definir la tierra conquistada y dirimir conflictos. En pleno siglo XXI esta práctica nos desalienta e indigna. Sin embargo, parecemos no prestar demasiada atención a las fortalezas que levantamos en nuestro interior para defendernos de los miedos que nos acucian.

AMURALLARSE PARA SENTIRSE PROTEGIDOS

Desde el inicio de su campaña electoral el electo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, manifestó, fervorosamente, su idea de construir un muro que separe a su país de su vecino, México. Tal declaración, como era de suponer, recibió encendidas críticas y adhesiones de todo el mundo.

2El tema de los muros para separar un territorio de otro no es para nada nuevo. Desde el neolítico, con el surgimiento de la agricultura, aparece la propiedad privada y se intenta remarcar y defender lo que se considera propio: esto es mío, no se acerquen, no son bienvenidos. En todos los períodos históricos y en los diversos continentes se han erigido fronteras, que parecían infranqueables.

En 1989 cayó el emblemático muro de Berlín que se había construido en 1961, por cuestiones ideológicas y estrategias, para separar Berlín del Este del de Oeste. En el momento de su derrumbe por toda Europa se escucharon gritos de júbilo. La gente brindaba, se abrazaba, cantaba. Volvían a encontrarse familias, amigos que durante tanto tiempo habían permanecido incomunicados. El mundo entero se alegró. Creíamos que al caer este muro, tan simbólico para la humanidad, se tomaría conciencia del oprobio que expresaba la irracionalidad y el desenfreno de políticas que intentaron remarcar las diferencias y los valores. Había mucho optimismo en ese momento: si caía el muro ya no habría que pensar en términos de separación sino de integración, de cooperación.

Pero no fue tan así. El muro de Berlín cayó pero se levantaron otros muros con las mismas justificaciones. La historia no enseña a los que no quieren aprender.

3Durante las últimas décadas hemos asistido a la construcción de nuevas fortificaciones con la intención de solucionar los problemas económicos, religiosos, migratorios o de seguridad de un gran número de países; como ha ocurrido en Palestina, México, Irlanda del Norte o Ceuta y Melilla, por citar solo algunos ejemplos. Es difícil encontrar datos que demuestren que realmente estas medidas constituyan una verdadera solución a estos conflictos en plena era de la globalización.

Actualmente la explosión de los movimientos migratorios se ha convertido en uno de los problemas que más preocupan a las naciones desarrolladas. La libre circulación de personas a lo largo del territorio que constituye la Unión Europea ha llevado a las autoridades a organizar toda una serie de medidas para frenar el paso de indocumentados. De todos modos las disputas fronterizas y territoriales seguirán mientras continúen las reivindicaciones por parte de los contendientes, las diferencias religiosas no desaparecerán por muy altas que sean las empalizadas y los que viven en las zonas más castigadas del mundo tratarán siempre de buscar los medios necesarios para pasar al otro lado de la alambrada.

Los muros externos nos alarman, sin embargo, poco reflexionamos sobre los que construimos para separarnos unos de otros.

LOS ENREJADOS INTERNOS

4Ante la construcción de vallas la gente se moviliza, las repudia o las aplaude, pero hay barreras, a veces más sutiles, que nos rodean y que intencionalmente creamos.

Hay rejas en las ciudades en que vivimos, en nuestros vecindarios (barrios y casas amuralladas con sistemas de seguridad, monitoreo permanente): en el mismo edificio dónde vivimos...en la propia familia.

Cada uno deberá preguntarse por los propios muros, por los que hemos levantando en nuestros corazones, acumulando un ladrillito al lado del otro. Si somos veraces no podemos negar los alambrados que nos enclaustran y separan.

Estos paredones interiores que tanto mal hacen y torturan terminan por emparedar nuestro corazón, y bien que los conocemos:

• matrimonios que casi no se hablan y la única comunicación que tienen es la riña
• hijos que cada vez más son, como dice el Papa, “huérfanos con padres”
• jóvenes que se atrincheran detrás de las pantallas de las computadoras y se desentienden de lo que los rodea escuchando su música con los auriculares
• ancianos que están cada vez más solos aunque tengan hijos y viven convencidos que ya nadie los necesita y que no les queda más nada que hacer en este mundo
6• docentes que, muchas veces, sienten que hablan y explican a un auditorio totalmente desmotivado y abúlico
• resentidos y amargados que no establecen contactos afectivos pues todos les parecen sospechosos
• retraídos que se escudan en su timidez y en el anonimato de las ciudades para guarecerse solos en sus pequeñas fortalezas

En el siglo de las comunicaciones estamos cada vez más incomunicados. Todo es virtual nada personal, nada comprometido. Los que no son como yo, de mi clase social, barrio, religión, color de piel, es un enemigo en potencia. Si sirve un ejemplo consideremos que Buenos Aires es una de las ciudades del mundo donde más gente sola vive y los que viven juntos, por compartir una vivienda no siempre corren mejor suerte: siguen sintiéndose solos.

CORTAR LAS ALAMBRES DE NUESTROS CERCOS

Será momento de preguntarnos cómo derrumbar nuestras zanjas, que como una verdadera obra de ingeniería hemos levantado por dentro, y ahora nos han apresado a nosotros mismos.

6En una de sus pláticas habituales el Papa preguntó a los presentes si daban limosna al necesitado. Todos respondieron que sí (claro que le iban a contestar!) pero con su fina pedagogía siguió indagando: “Cuando dan una limosna, ¿miran a la cara a quienes la reciben? ¿les sonríen? ¿o se marchan lo más rápidamente posible?” ¿Qué contestaríamos?

Cortar los alambres internos significa dar el lugar para que la libertad, la verdadera, gane nuestro corazón. La libertad nos expande nos hace capaces de abrirnos, de encontrarnos con un mundo con gente de costumbres y opiniones distintas. Significa no sembrar siempre en el propio terreno para recoger la misma siembra. Permitirnos ser libres internamente nos hace creer en nosotros mismos, nos da el poder de aceptarnos y desafiarnos a cambiar lo que nos limita. Es la mejor manera de elevar nuestra autoestima. Cuando nos sentimos libres nos permitimos amarnos y amar a los que nos rodean.

Fuimos creados para estar con los otros, para crecer y aprender con los demás. Claro que necesitamos mantener nuestra intimidad (tan expuesta en los tiempos que corren), darnos momentos de silencio y soledad pero solo por unos momentos. La verdadera contemplación espiritual se consigue traspasando los propios miedos y compartiendo. Así se hace el hombre.

El verdadero desafío es atreverse a amar. Es difícil dirán. Y tienen razón. Sabemos que las cosas que valen requieren paciencia y esfuerzo pero es seguro también que valen la pena.

 
*Cecilia Barone es socióloga, psicóloga social
y profesora superior en Ciencias Sociales.
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