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Los efectos del estrés repercuten en todas las edades
-Por Cecilia Barone*-

aEl estrés parece ser el mal de la época. Pocos son los que se pueden escapar de su influjo, sobre todo en las ciudades. Es como una epidemia que no respeta ni edades ni clases sociales. Los adultos tienen más motivo para sufrirlo pero su repercusión hace que tanto los niños como los adolescentes y los ancianos sientan sus cimbronazos. Padres y maestros estresados es lógico que trasmitan sus síntomas sobre los que tienen a su cuidado. Poder eludirlo debe transformarse en un objetivo prioritario para mejorar la calidad de vida.

DIFERENCIAR EL ESTRÉS BUENO DEL MALO

En los últimos tiempos, y debido a la difusión que el tema ha tenido en los medios, se volvió obvio el hecho de que el estrés sea una de las mayores causas de enfermedad y hasta de muerte en el mundo. Sus síntomas se manifiestan de muy diversas maneras pero bien se sabe que se encuentra implicado en enfermedades cardíacas, hipertensión, cáncer, problemas metabólicos, trastornos hormonales, hasta en enfermedades como de la tiroides. Por otro lado, en el plano psíquico se encuentra oculto detrás de una fatiga crónica, depresión y fobias, entre otras patologías.

Qué es el estrés? según el Dr. Hans Selye que fue el primero que usó esta palabra aplicándola a la fisiología es la “respuesta no específica del cuerpo a cualquier demanda que se le haga”. Se entiende como la reacción de los seres vivos ante cualquier estímulo desafiante produciendo una secuencia de cambios internos incluyendo la liberación de ciertas hormonas. Surge como un mecanismo de protección y permite que los organismos se adapten a los cambios del ambiente. Como respuesta y adaptación al cambio es algo bueno.

bSin embargo, cuando las reacciones a lo que pasa exceden las posibilidades de acomodación se transforma en distrés o estrés malo. Podemos identificarlo fácilmente cuando la acumulación de presiones normales y anormales de la vida diaria, que ponen a prueba la habilidad del individuo para enfrentarlas, hacen que este se sienta sobrepasado, y en este caso no cumple ninguna función útil. Cualquiera que debe enfrentarse, día tras día, con los ruidos constantes de la ciudad, la contaminación visual, el caos de las cosas, la velocidad, las demandas laborales, familiares y sociales, puede entender a que nos estamos refiriendo. Sentimos que no podemos afrontar lo que el medio nos solicita.

La percepción de la amenaza ante un hecho y no el hecho en sí es lo que produce el estrés. Ejemplo de factores desencadenantes pueden ser, entre otros, el divorcio, un perjuicio económico importante, la perdida de trabajo, la muerte de un familiar cercano o una enfermedad prolongada. En realidad no son estas situaciones las que lo producen sino el miedo al divorcio, a un perjuicio económico, al quedarse sin trabajo, a la muerte o enfermedad. Este miedo se acumula en la mente y se dispersa por el cuerpo. manifestándose en la enfermedad y también bajo la forma de síntomas no específicos que terminan en lo que se llama “síndrome de agotamiento crónico”.

El cuerpo y la mente son unidades indisolubles. Lo que le pasa a uno le atañe al otro. Pero hay un tercer factor que actúa concomitante con esta dupla y es el medio ambiente en el que estamos y nos movemos. Nuestra moderna forma de vida casi no libra a nadie de padecer algún grado de distrés. Por desgracia cada vez más niños y jóvenes se encuentran estresados con las consecuencias que esto trae pues están en proceso de desarrollo y crecimiento. Otra franja de la población que también lo sufre es el de las personas mayores, que muchas veces, en las grandes ciudades, viven solos o abandonados en instituciones que no logran paliar sus necesidades de afecto y cuidados que necesitan.

LA INGERENCIA DEL ESTRÉS EN LAS TAREAS INTELECTUALES

Las prioridades que uno se impone para su vida tienen como rasgo característico, muchas veces, el alto valor que le otorgamos a nuestro rendimiento. Lo hacemos por nosotros y para que otros nos lo reconozcan. En el trabajo, la vida familiar, los estudios queremos rendir al máximo, sentir que nos sacamos diez en todo. Pero la autoimposición desmedida no lleva a buen resultado y el cuerpo pasa factura. A veces no entendemos cómo cuidamos tanto de nuestras posesiones, del auto, de los aparatos electrónicos y poco de nuestra propia máquina interna sabiendo que es más fácil de deteriorar que cualquiera de las otras.

Hay niveles moderados el estrés en casi todas las funciones que desempeñamos y pueden estimular las funciones intelectuales pero si esos niveles comienzan a subir y son prolongados pueden tener efecto negativo en la memoria y otras funciones cognitivas fundamentales. Es el caso del estudiante que deja para los últimos días la preparación de exámenes y se queda varias noches sin dormir bien, comiendo mal y adicionando café o algún otro estimulante para mantener la atención sobre lo que hace y al final no rinde lo esperado

La cuestión no es rendir todo el tiempo al máximo sino regular la actividad con horas de descanso apropiado, esparcimiento, encuentro con la familia. Cuando se logra regular las exigencias se mejora la calidad de vida, aunque esto no siempre se consigue con el simple propósito de hacerlo y en algunos casos se requiera ayuda externa.

cSOMOS LO QUE COMEMOS

El cerebro se encuentra afectado por lo que comemos y como allí se produce el estrés una mala alimentación junto con otros factores aumenta su nivel. Tomar cartas en el asunto requiere modificar el estilo de vida incluyendo la manera de alimentarnos.

La planificación de una dieta balanceada debería ser un hábito adquirido desde edad temprana. Sabemos hoy lo difícil que resulta. Desde los primeros años de escolaridad y también en la adolescencia se notan deficiencias nutricionales que van más allá de las clases sociales y tienen que ver con otras formas de consumo de alimentos.

La vida acelerada, la falta de tiempo para cocinar y la enorme oferta alimenticia hace difícil tener hábitos saludables de alimentación. Comer a deshora, pasar muchas horas sin comer, mantener una dieta deficiente, comer comida “chatarra”, producen un estrés físico que disminuye la capacidad para hacerle frente al estrés emocional.

Según una encuesta dada a conocer a mediados de junio por el Barómetro de la Deuda Social de la Infancia, el 17,6% de los chicos no accede a un desayuno adecuado. Que sea adecuado no tiene que ver solo con la cantidad sino con la calidad de lo que se consume. Si consideramos que es la primera comida del día y la importancia que tiene cortar el ayuno de la noche para ponerse en movimiento el dato es significativo. Las encuestas que se hicieron abarca a todas las clases sociales. Por supuesto que la desigualdad social es más que importante para leer este dato. Entre los 2 y 17 años, en las clases más bajas hay 500.000 que no desayunan a diario.

La calidad del desayuno se definió según la presencia o no de tres grupos de alimentos: lácteos (una porción de queso, un yogur o un vaso de leche), frutas frescas o en jugo y cereales. "Insuficiente" era el que incluía un alimento de un solo grupo, mientras que "inadecuado" era el que no incluía ninguno de los grupos de alimentos recomendados para la primera comida del día.

"Es una de las principales comidas para el ciclo de vida en edad preescolar y escolar. Cuando los chicos no desayunan sabemos que están menos atentos e incorporan hábitos alimentarios poco saludables, como comer golosinas u otros productos a media mañana que no les aportan los nutrientes que necesitan", explicó una de las autoras de las encuestas.

EL BUEN DORMIR

dAsí como alimentarse bien es fundamental para estar bien, lo mismo pasa con el sueño.

En los animales el ciclo sueño-vigilia se regula en forma espontánea y equilibrada. Sin embargo, desde los primeros día de vida en nosotros este proceso se ve forzado por las demandas culturales que complican este equilibrio (por ejemplo, no es extraño ver a bebés despiertos hasta cualquier hora en restaurantes con sus padres, rodeados de ruidos y estímulos que impiden un sueño reparador).

Los horarios de comidas tardíos, el estar despiertos hasta cualquier hora sin respetar un horario regular de sueño, estar hasta tarde conectados y estimulados con los aparatos electrónicos, despertar a los niños temprano sin haber dormido lo suficiente para llevarlos a los jardines maternales o casa de abuelos. Todo esto comienza a desregular el ciclo natural del sueño-vigilia. A medida que crecemos se va haciendo más frecuente sacarle las horas necesarias al sueño: llevar trabajo a casa y hacerlo a la noche, estudiar a último momento, ir a bailar bastante después de la media noche, quedarse despierto ante la pantalla de la computadora o el televisor hasta la madrugada.

Si se altera el ciclo sueño-vigilia no es fácil volverlo a equilibrar. La sensación de cansancio al despertarnos y querer prolongar las horas de sueño indica que está alterado este ritmo.

En una persona perfectamente sana, la reacción apropiada y natural para cada situación está a mano e incluye reacciones como no hacer nada por un rato, mostrar paciencia y silencio, saber cuándo descansar y saber esperar, aminorar la marcha de las actividades. En cambio cuando nos forzamos por reaccionar de un modo antinatural los problemas comienzan aunque en el momento no nos percatemos de ello. Aprender a cambiar exige estar convencidos de que nos merecemos vivir mejor por nosotros y por quienes nos rodean. El que quiere, en alguna medida, puede.

En la próxima nota hablaremos de algunas maneras de paliar los efectos del estrés.

 
*Cecilia Barone es socióloga, psicóloga social
y profesora superior en Ciencias Sociales.
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