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ODRES NUEVOS PARA EL VINO NUEVO
-Por Lic. Cecilia Barone*-

Año que se inicia año que nos prometemos cambiar. Sin embargo, cualquiera alteración en nosotros implica una disposición interior que no se puede dar por descontada.

"Nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y se derrama el vino, y los odres se pierden; más el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar." Mateo 9, 17

Elegir lo nuevo

En general, iniciamos el año con buenos propósitos y pensamos que debemos interpretar lo viejo para hacer algo nuevo. Lo viejo representa lo pasado; lo nuevo lo que está por venir. Perdemos mucho tiempo descifrando el pasado creyendo encontrar allí las pistas para empezar otra vez. No es que sea negativo reflexionar sobre lo que hicimos. Pero como el pasado no se puede cambiar, allí no se encuentra el hilo conductor hacia lo nuevo. 

Además, al tratar de revolver todas las cosas negativas que encontramos en nuestra historia solemos deprimimos y desmoralizarnos. Nos empantanamos y no avanzamos.

Si solo vivimos interpretando el pasado se pasa el resto de la vida fijado en lo anterior: “¿por qué hice esto? ¿Cómo me pude equivocar’ ¿´cómo confié en esta persona?”. En cambio, si se limpia la mirada y se hace una elección distinta todo cambia

Lo inédito, lo fresco es la novedad que nos depara cada día. Aunque nos parezca siempre lo mismo, no es así. Cada amanecer es diferente, cada cosa, cada persona que nos rodea puede adquirir una dimensión distinta si los ojos están prontos a ver de otra manera y ya no nos encontramos absorbidos por el pasado. Esto es lo que quiere decirnos Jesús en esta cita del Evangelio: los odres viejos significan lo ya vivido; los nuevos son los que se necesitan para llenarlos de las nuevas experiencias.

CAMBIAR LOS CONTENEDORES

Lo dicho hasta acá no implica dejar todo, abandonar a la familia, quedarnos sin el empleo o mudarnos a un país lejano. La transformación comienza siempre desde adentro y se proyecta hacia afuera. Solo en una lógica de cambio el pasado se llena de significado y comienza a vérselo desde otra perspectiva. Ya no quedamos anclados en el ayer.

¿Cuáles son los pasos a seguir si queremos encontrarnos con algo diferente?

Lo primero es desear realmente el cambio. Pensar hasta qué punto lo queremos y si nos sentiríamos más felices si lo lográramos Y segundo, tener la fuerte voluntad de hacerlo. Sin estos dos requisitos no se lo puede realizar. Esta opción a mutar cuando la tomamos como fundamental nos hace convertirnos más en nosotros mismos y en seres más auténticos.

Pero atención: desconfiemos de los cambios repentinos que nos hacemos cuando el 1° de enero de cada año, el reloj da las doce. Con la copa de sidra en la mano, y con la euforia de la fiesta, enseguida decimos que sí, que vamos a cambiar, que queremos hacerlo. Lo repentino dura cuanto ha tardado en aparecer. La cuestión es sostener en el tiempo esta opción.

El cambio verdadero siempre es gradual, decidido y continuado. Solo estos duran. Se cambia un día a la vez, de a poco, paso a paso. Los cambios veloces no dejan secuelas y a los pocos días caen. “Mañana cambio mi vida: comienzo a cuidar mi salud, a ir al gimnasio, a buscar un nuevo empleo.” Comenzamos así. Pagamos el gimnasio, Vamos el primer día y entrenamos hasta quedar exhaustos; volvemos al día siguiente un poco más desanimados. Nos damos una semana de descanso para recuperarnos. A la semana siguiente estamos comenzando una nueva actividad y así, poco a poco, se vuelve a lo anterior. Estas son elecciones ficticias. Evitar la proclama: “¡¡Mañana comienzo!!” De esta manera, volvemos siempre a ser odres viejos. Una estrategia que usamos cuando las cosas no van como querríamos es comenzar a mirar alrededor con la idea de un complot contra nosotros. “Es culpa del país, de mi marido, de mis hijos, de mi jefe, de mi comunidad”. Yo me excluyo, como si no tuviera ninguna responsabilidad. Pero nuestra renovación la exige. Somos constructores de nuestro destino. No es cuestión solo de decirlo, de rezar, de pedir ayuda, de esperar que los tiempos cambien. Todo esto es bueno, pero si no nos comprometemos en serio, lo nuevo no se va a producir por arte de magia.

Nuestro presente está hecho de cambios graduales, obstinados y cotidianos. El único cambio verdadero es el sucede un poco a la vez. Si lo comprendimos, ¿ahora cómo lo hacemos? Necesitamos incorporar dos ingredientes que hoy día gozan de poca estima:  la paciencia y la constancia. Paciencia con nosotros mismos y constancia para seguir por la senda trazada ¿No pasan las madres  9 meses gestando en su vientre a su bebé? y cuando nace deben llenarse de mucha paciencia para criarlo y educarlo, sino habrán parido, pero no serán verdaderas madres.

PEQUEÑAS COSAS A LA VEZ.

Creer que se puede cambiar es fundamental. En el trayecto seguro que vamos a tener recaídas pero la creencia por sí sola marca la diferencia. Una vez que se aprende a creer en uno mismo esta habilidad se expande a otros aspectos de la vida. Por qué nos creemos empezamos a desarrollar la fuerza de voluntad que es un músculo, como los de las piernas o los brazos. A medida que se lo fortalece, los buenos hábitos se refuerzan.

Cambiar la mirada sobre nuestra jornada. Saber hacia dónde vamos a dirigirla Empezarla a una hora y terminarla a otra es una decisión libre. Al final del día nos sentiremos satisfechos de haber cumplido con nosotros. Es la mejor manera de descubrirse y de renovarse.

Cada Navidad el Niño de Belén vuelve a nacer. Es el mismo y no es el mismo. Trae consigo la renovación y el gozo de un comienzo. Se asienta sobre el inicio de los tiempos siempre desde una nueva perspectiva. Ojalá que nos encuentre despiertos cuando llegue.

*Cecilia Barone es socióloga, psicóloga social
y profesora superior en Ciencias Sociales.
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