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nota1aLa vuelta a la escuela - Parte 1 -
-Por Cecilia Barone*-

Comienza otro año lectivo. Las escuelas vuelven a abrir  sus puertas para recibir a docentes, alumnos y padres. Cada uno trae sus expectativas, sus deseos. Los  chicos buscan encontrar a sus amigos y “pasarla bien”, sin tener demasiadas exigencias que cumplir; los padres se sienten aliviados de que sus hijos permanezcan por unas horas en un lugar conocido y cuidado sin tener demasiado acercamiento con la institución y los docentes esperan enseñar y ayudar a sus  alumnos a aprender sabiendo de antemano las dificultades que hoy conlleva esta tarea.

LOS JÓVENES NO QUIEREN SER FRUSTRADOS

Dejar las vacaciones para recomenzar la escuela no resulta  algo muy esperado para los chicos. Vienen de pasar sus días de vacaciones sin horarios ni demasiadas obligaciones, saliendo con  amigos y conectándose a la pantalla de la computadora por tiempo indefinido sin apuro para acostarse ni levantarse y recomenzar las clases lo sienten como una frustración a sus deseos.

Más allá del encuentro con sus compañeros no le ven sentido a los rituales que impone  el colegio: levantarse temprano, ser puntuales, presentarse de manera adecuada, respetar reglas de convivencia, estar atentos y disciplinados en el aula. Además de tener que cumplir con las tareas escolares y estudiar. El desgano aparece casi desde principio y si bien los “nuevos” los que comienzan una etapa, están curiosos y un poco cohibidos, al poco tiempo de acostumbrarse a  los requerimientos que se les imponen  caen en el mismo estado de ánimo que el resto: ir a la escuela, prestar atención, y aprender es algo que nos les apetece demasiado, salvo a algunos que son la excepción y que por lo mismo no siempre la pasan bien con sus pares.   

Entrar a la escuela no desvincula a los alumnos de lo que viven afuera ni sienten la necesidad de hacerlo. Llevan sus aparatos a clases, se conectan los audífonos, mandan mensajes con sus celulares, usan sus tablets, hablan, gritan. Lograr un cierto orden para comenzar a explicar algo es un desgaste no solo para el docente sino del tiempo

Hay quienes dicen que sería mejor que los  chicos aprendieran desde sus hogares, sin tener que ir a la escuela, usando la computadora. En algunos países comienza a ser una modalidad aceptada por los chicos como por padres y permitida por las autoridades. Pero ¿solo se asiste para lograr información?

Es cierto que durante mucho tiempo creímos que la escuela era el único canal de información con que las nuevas generaciones entraban en contacto. Pero es aún más cierto que para apropiarse de ciertos códigos y formas sistemáticas de organización del conocimiento y de funcionamiento social la escuela era, es y seguirá siendo tal vez durante muchas décadas, la única institución eficaz. La cuestión no es solo brindar información. Se debe saber buscar las fuentes confiables, seleccionar el material, analizar, sintetizar, elaborar un informe argumentativo y estas habilidades requieren ser enseñadas y practicadas sucesivas veces para ser aprendidas. Además del uso de  información la escuela pone en contacto a diferentes personas con valores distintos, se aprenden las reglas del juego de la convivencia, a competir, a saber ganar y perder. Es decir, los códigos sociales.

EL ROL PRIMORDIAL DEL DOCENTE

nota1bComo los maestros y los alumnos se encuentran inmiscuidos en el mundo es imposible desatender la repercusión que los nuevos procesos informáticos y tecnológicos tienen dentro de la institución escolar. Algo similar habrá pasado, seguramente, cuando aparecieron los textos impresos en las escuelas.

Hoy el docente se encuentra que sus alumnos manejan mejor que ellos los nuevos aparatos y son más rápidos para usar las nuevas tecnologías. En este aspecto aparece una marcada asimetría. Por otro lado, siente que a sus alumnos no les resultan atractivas sus  explicaciones y el clima de indisciplina y desorden de la clase es difícil de calmar y ordenar.  

Cada vez más los profesores advierten un deterioro social de su propio rol, que ellos atribuyen al abandono de los padres desde el primer ciclo de enseñanza básica. En tal sentido, señalan que los padres delegan sus funciones en la escuela, y que por consiguiente los niños llegan del hogar sin valores ni normas, lo cual apunta a una falta de homogeneidad de criterios entre la familia y la escuela. Esta situación los hace sentir solos y muchas veces defraudados. Estos sentimientos pueden derivar, y de hecho lo hacen, en una desvalorización personal y de la propia valía para llevar a cabo su tarea.

Querer enseñar y pretender que se aprenda de la misma manera como se ha venido haciendo es una ilusión, y las ilusiones no tienen asidero en  la realidad.  Quedarse con la añoranza de cómo eran las familias antes, de la colaboración que prestaban en el aprendizaje de sus hijos (esto habría que revisarlo), solo puede llevar a la inmovilización. Las cosas ya no son como eran. La queja sirve también para no intentar nada nuevo: “si los padres y los chicos no son lo que eran, los docentes nada podemos hacer”. Esa actitud derrotista, de todos modos, tiene una ganancia: no arriesgar ningún cambio.

El papel del maestro va más allá del uso de soportes tecnológicos. El es el mentor; el encargado de acompañar en las etapas más vitales de la vida a niños y jóvenes en busca de sus caminos al enseñar el mundo conocido y el posible.

EL COMPROMISO DE LOS PADRES
 
nota1cDurante los años escolares de sus hijos los padres tienen un lugar clave. El acompañamiento que hagan no debe limitarse a los primeros grados. Al inicio del ciclo  secundario deben  ayudarlos a organizarse, estar atentos a sus problemas de adaptación, ver cómo evolucionan sus estudios, colaborar para que  adquieran hábitos y rutinas respecto a las horas de sueño y alimentación. Si bien en los últimos años del secundario los chicos se vuelven más autónomos no dejan de necesitar una presencia atenta a sus estudios. Está bien demostrado que los jóvenes que terminan carreras universitarias con un buen rendimiento tienen familias que los apoyan en sus estudios y valoran el aprendizaje, y esto más  allá de la clase  social a que pertenezca.

En el documento Educación y Proyecto de Vida, del Equipo Episcopal de Educación Católica, se dice con mucha claridad que “con demasiada frecuencia suelen los padres dejar el esfuerzo educativo a cargo de los docentes. La escuela y la familia se convierten así en instituciones paralelas, que nunca se encuentran, con lo cual los esfuerzos de ambas, en lugar de converger, se dispersan y hasta se enfrentan. Nunca, por lo tanto se insistirá suficientemente, en la necesidad de que los padres asuman y vivan plenamente sus responsabilidades educativas, que vean en la escuela una colaboradora y no una sustituta de su misión, que den a los maestros de sus hijos todo el apoyo que estos necesiten y que completen su labor dando a sus hijos esa parte de la educación que ninguna escuela, por buena que sea, alcanza a dar”.

El conocimiento de sus hijos y el contacto con los profesores les darán una mirada más realista sobre la marcha de los estudios y se sentirán capaces de apoyar al docente. La situación actual requiere con urgencia la necesidad de lograr que los padres comprendan que es necesario que sus hijos "se dejen enseñar". Para ello deberían impulsarlos desde etapas muy tempranas a asumir el papel de alumnos, desarrollando en ellos el respeto por la disciplina necesaria para serlo y el amor por aprender.
 

¿Cómo se forma la emoción, que es lo que mueve, para que se quiera construir el vinculo del alumno con el conocimiento? Probablemente a partir de la estima que tanto los padres como los docentes hagan de la educación. El contagio de la propia pasión es sin dudas  la principal clave.  Es bien sabido, sobre todo en un mundo cada vez más evolucionado y competitivo que no hay progreso sin educación. Pero la educación sola, y cualquier educación no es garantía de progreso, depende de la calidad de la educación que debe estar entre las principales prioridades de los gobiernos y de la ciudadanía  toda.
*Cecilia Barone es socióloga, psicóloga social
y profesora superior en Ciencias Sociales.
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